La ventana por la que cientos de veces te he mirado y miles he hablado de ti ha terminado por cerrarse.
Mi gato ya no se cuela en tu salón a través de ella y el olor de tu café y tostadas ya no me hace compañía mientras yo desayuno.
No quiero saber dónde te has ido porque de lo contario acabaría persiguiéndote.
Descendería hasta el mismísimo infierno para volver a oler cada uno de los mechones de tu pelo; cada uno de los mechones de tu pelo que en su día fueron mi heroína y que hoy me veo obligada a contrarrestar su efecto con metadona aliñada a base de faldas y carmín.